Cuando alguien decide hacerse un implante, sabe que no es una decisión cualquiera. Es una inversión, es la sonrisa, es volver a comer sin pensarlo dos veces.
Y aún así, la mayoría termina eligiendo un poco a ciegas: el primero que apareció en Google, el que recomendó un conocido, el que ofrecía mejor precio. Sin saber realmente quién está detrás del tratamiento, ni qué tan bien hace lo que hace.
Cuando un implante se hace bien, dura toda la vida. Cuando no, las consecuencias son funcionales, son costosas de corregir, y muchas veces son irreversibles.